Panamericana Norte

Salimos rumbo a Barranca, donde nos esperaba la motoposada del lugar. Nuestra estadía ahí fue corta, pero pudimos conocer a César y su familia que nos recibieron a pesar de estar en plena mudanza y nos ayudaron con un permiso para poder vender frente al mercado. Seguimos rumbo norte, ya que queríamos llegar a Huanchaco, ciudad que ya conocíamos, pero que habíamos puesto como parada estratégica.

Pero no podíamos pasar por el desierto peruano, y no parar en lo de Don Clemente, son tantas las cosas que podemos decir de él, que merecería un post aparte. Don Clemente es el dueño de un restaurante llamado La Balsa, que está en el km 347 de la Panamericana Norte. Hace más de 25 años que recibe viajeros en su casa, comenzó recibiendo ciclistas que paraban obligadamente en el único reparo del desierto, por esta razón, comenzaron a llamarlo “el ángel del desierto” y poco a poco, se convirtió en una leyenda entre los viajero s, dicen por ahí que al pasar a conocerlo, él se contagia de tus ganas de vivir, y uno se llena de perseverancia y anécdotas. Será por eso que Don Clemente con sus 80 y largos años, atiende su restaurante cada día, se toma el tiempo para charlar con cada uno de sus clientes, y recuerda cada historia de viajeros que han firmado sus libros. Si andas por ahí, no dejes de parar a saludarlo, él viaja a través de cada viajero que pasa por ahí.

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Don Clemente

 Llegamos a Trujillo sin un peso, por suerte teníamos comida en nuestra alacena y nos recibió Sabina en su casa, por lo que aprovechamos esa semana para producir agendas, para descansar en una cama y para ponernos al día con internet y con la comunicación con la familia.

Pasamos esos días conociendo a amigos y familia de Sabi, y charlando sobre posibilidades de universidades en Mendoza, porque ella estaba preparándose para irse a estudiar Diseño de Indumentaria a nuestra provincia. Nos sentimos muy a gusto en la comodidad de un hogar, pero como todo lo bueno tiene un fin, nos despedimos de Sabi, con ganas de volvernos a ver y salimos rumbo a la Playa de Huanchaco a vender nuestras artesanías y a lidiar con serenazgo que no nos dejaba vender en el lugar que queríamos. Cuando llegamos al lugar estratégico, donde había mucha gente, pero poco permiso para el “comercio informal” nos encontramos con Esteban y Delfi y sus dos salchichas, mendocinos que viajan en su Renault 11. Nos estacionamos junto a ellos, y desplegamos todo el circo. Pero de inmediato, la policía nos pidió amablemente que nos retiremos. Javi les pidió por favor que nos autoricen la venta sólo por el fin de semana, porque necesitábamos reunir el dinero para avanzar, y serenazgo se copó y nos dieron el ok por esos días, pero bastante de encubierto. Ese fin de semana nos fue muy bien, estuvimos acompañados por los chicos, que vendían sus pulseras sobre el Pampero, hicimos sanguches de múltiples sabores, y un día Delfi cocinó un arroz con pollo comunitario, que comimos al atardecer, sentados los 4 en la vereda mirando el sol caer, en una tarde muy naranja.

I Perú
Esteban, Delfi y sus dos salchichas, Javi y amigos aprendiendo macramé

Esas son las cosas del viaje que nos llenan el corazón, y nos dan fuerzas para seguir. A pesar de no tener 1 sol en los bolsillos, y de caminar mucho para conseguir un baño, comer con amigos con tremendo paisaje, no tiene precio.

De eso se trata viajar para nosotros, de conocer gente que en otro momento no conocerías, de hablar con gente que te agrada mucho y con otra que no te agrada nada. Conocer historias entre venta y venta. Compartir un poco de tu viaje y un poco de tu sueño, y escuchar sobre los sueños de los demás, llenar y ser llenado de esperanzas por otros, contagiar esa felicidad. Viajar se trata de eso, no de muchos kilómetros andados, ni de miles de ruinas, parques y monumentos visitados, viajar se trata de tomarte el tiempo para hablar, para escuchar, para conocer y para ser feliz.

Otra de las cosas que hicimos en Huanchaco, fue encontrarnos con Luis, amigo de mi amiga Colo, que trabajó y vivió varios años en Mendoza, primo de Sabina (el mundo es un pañuelo). Luis está viviendo en Huanchaco actualmente, y estaba con su amiga Erica, que había ido a visitarlo. Nos juntamos con ellos una noche en una fiesta del pueblo. Nadie sabía en honor a que Santo era, pero todos estaban ahí, mirando a las chicas bailar y cantar sobre el escenario haciendo tiempo hasta que empezaran a explotar los castillos. Nos sentamos lejos del escenario a esperar el show de fuegos artificiales, que se montan sobre estructuras de caña, con formas increíbles, y se llaman “Castillos” y además de ser súper grandes, al ser encendidos muchos tienen movimiento, y si uno nunca los vio en su máximo esplendor, no se imagina la cantidad de fuego y sonido que sale de ahí. Y como ninguno de nosotros sabía de qué se trataba, nos sentamos de espaldas a uno, esperando que anuncien por micrófono, para que la gente esté atenta y tomen precauciones, pero eso, no sucedió. Estábamos muy entretenidos hablando y sentimos un estallido y corrimos!! Como si fuera el fin del mundo, hasta que nos sentimos a salvo, y los cuatro nos miramos y nos matamos de risa, de nuestras caras de susto y de lo graciosos que nos debemos haber visto. Después de que se nos pasó el susto y la risa, disfrutamos mucho del verdadero show de pólvora.

III Perú
Castillos de pólvora

Por suerte, Erica nos hizo el favor de llevar algunas de las remeras que habíamos hecho en Lima a Mendoza, y por suerte la familia nos hizo el favor de buscarlas y venderlas, lo que nos dio un respiro y nos ayudó a tener un dinerito en el banco. Dinero que sólo ayuda psicológicamente, porque los mercados, que es donde encontramos los mejores precios, no reciben tarjeta, y el impuesto del 35% por las compras en el exterior, es demasiado alto para el presupuesto viajero.

Los días pasaron, vendimos Jueves, Viernes, Sábado y Domingo, y como todo marchaba bien, también aprovechamos el lunes y martes por la mañana, y cuando empezábamos a emocionarnos con las ventas, y a pensar en la idea de quedarnos con los chicos otro fin de semana, vino serenazgo y nos pidió que nos vayamos (esta vez de una manera, no muy amable, pero con razón, les habíamos prometido que el domingo era nuestro último día). Reto que tomamos como una señal para partir. Cuando las ventas son buenas y estas acompañado, uno no necesita mucho más, pero como la vida del viajero se trata de despedidas constantes y encuentros inesperados, seguimos, con ganas de encontrarnos con los chicos más adelante. Después de todo, Chiclayo nos esperaba!

2 thoughts on “Barranca, Don Clemente y Huanchaco

  1. Felicidades chicos por este gran proyecto, un placer conocer gente como ustedes, esperamos pronto saber más y conocer su primera edición de su libro, un abrazo enorme de Erika y Miguel (México visita el Mundo).

    Los queremos…

    1. Gracias amigos! Es hermoso que el camino nos cruzara y nos permitiera viajar juntos un tramo de nuestros viajes…
      Ya son parte de nuestra familia y los queremos mucho. Mendoza los espera!
      Buena Ruta!

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