Bolivia, el primer gran desafio

En Bolivia, nuestro paso comenzó por el sur. Entramos por Villazón y decidimos pasar de largo y hacer noche en Tupiza, dado que ese día había cierre de elecciones, mucho caos en Villazón y mucho “trago” nos recomendaron no dormir en la calle. La noche nos atrapó mucho antes de nuestro destino, por lo que tranquilos por las indicaciones de la policía que nos indicó que la zona era segura, dormimos en medio del campo para evitar la noche en la ruta. Al llegar a Tupiza, por las elecciones nos recomendaron nuevamente “guardarnos”, en Bolivia cuando hay elecciones no permiten que ningún vehículo circule durante las 24 hs. anteriores y las 24 hs. posteriores. Por lo que siguiendo las recomendaciones de todos, nos refugiamos a la orilla del Río Tupiza, al pié de unos cañones y vivimos ahí algunos días, disfrutando de la tranquilidad del lugar, aprovechando el agua para lavar mucha ropa y poder bañarnos.

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Pan Casero by Tejada-Bravo

Como nuestra casa esos días fue a un costado de un camino de tierra, bastante transitada, al segundo ahí, nos volvimos parte del paisaje y se transformó en rutina saludar y responder a los fuertes bocinazos que daban los choferes de todas las movilidades. Lo que nos hacía sentir bienvenidos y contentos, y saludar levantando las manos era una de las cosas más importantes del día, salvo a las 5 am. cuando nuestros amigos se empeñaban en despertarnos.

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Nuestra casa en Tupiza

Tupiza tiene paisajes hermosos, formaciones rocosas raras, muchos cardos e incontables cañones, además nos tocaron días muy soleados.

Salimos de Tupiza rumbo a Atocha, camino que es tan duro como hermoso. Superamos los 4000 msnm de altura, y por momentos veíamos a al Lucero arriba nuestro, pero por otros ascendíamos tanto que lo veíamos casi a nuestra par.

Al llegar a Atocha, estacionamos en la plaza, y compramos unos sándwiches en la calle festejando mi cumpleaños, consultamos si la zona de la plaza era segura, y como nos lo confirmaron, nos fuimos a dormir antes de las 10 de la noche. Hacía frío y estábamos agotados.

Cuando estábamos muy dormidos, nos golpearon la puerta del jeep bien fuerte, y Javi entre dormido y asustado se levantó y miró. Era una vecina del pueblo, que nos recomendaba movernos de ese lado de la plaza, porque en la noche circulan los “mareados” y estábamos muy expuestos. Por lo que nos movimos a la vuelta, y nos dormimos frente a la plaza. Cuando nuevamente estábamos muy dormidos, nos despertó Carlos, un hombre que también golpeó la ventana, y que al ver a un “carrito viajero, con patente argentina” quiso invitar a su casa. Entre dormidos y despiertos no entendíamos nada, también teníamos un poco de miedo, el hombre insistía, y Javi me miró con cara de ¿Qué hago?

A lo que le respondí – Pedile el baño, y vemos que onda…

Movimos el Jeep nuevamente, hasta la entrada de la casa de Carlos, y pasamos al baño, después Carlos nos invitó un café, y seguimos charlando.

Nos contó que tenía su doble nacionalidad, que era más Argentino que nosotros, nació y se crió en Atocha, pero a los 18 años se fue de vacaciones a Jujuy y volvió 35 años después, cuando la crisis argentina lo dejó temporariamente sin trabajo. Visitó su pueblo natal y la casa de los abuelos, y decidió quedarse allí, para poner un Restaurante Parrilla y un hotel.

Carlos nos animó a quedarnos un día más, y a vender nuestras artesanías en la puerta de su casa, por lo que esa noche dormimos en el Jeep, porque ya teníamos el circo montado y nos despertamos al día siguiente a desayunar con nuestro nuevo amigo y a seguir charlando sobre su vida en argentina y sobre el viaje.

Carlos nos preguntó si queríamos pasar Semana Santa en su casa, haciendo pizas para vender, y como la propuesta nos pareció interesante, rápidamente armamos una sociedad y salimos a comprar los ingredientes.

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En casa de Carlos, cocinando pizzas.

Por lo que los días en Atocha, transcurrieron entre mucho trabajo y nuevas amistades. Javi, vendía afuera, y hasta tenía pedidos para el día siguiente, y nosotros adentro con Carlos, vendíamos piza y café. Cuando la gente del pueblo comenzó a enterarse, sumábamos más clientes curiosos que se acercaban a charlar. Ricardo, un boliviano que trabajó como 20 años en argentina nos regaló unos tamales en agradecimiento por todo lo que había recibido en nuestro querido país.

Un día llegó Walter, un ingeniero, que cuando leyó piza en el cartel y vio al Jeep afuera entró. Walter se hizo amigo de Carlos, y venía a vernos a diario, en ocasiones nos íbamos a dormir y los dejábamos abajo, escuchando tangos y hablando de historia argentina. Ellos han vivido más años que nosotros en nuestro país por lo que se acordaban de cada crisis y de cada buen rato económico. Nos despedimos de Atocha con almuerzo entre amigos, casi como un domingo en casa, con unos  ricos fideos con tuco. Lo que más extrañan ellos, son los planes de fin de semana, las comidas con amigos y familia, las buenas pastas y por supuesto la carne y los asados! Pudimos llevarles un poquito de Argentina y nos regalaron mucho de Bolivia.

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Ing Walter, Carlos y Mey

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