Chiclayo y Mancora rumbo norte en Perú

Salimos rumbo a Chiclayo, donde nos esperaba el club de motos Pulsar Chiclayo, conocimos a varios de los miembros, pero compartimos unos lindos días con Christian y Coby, dos genios. Salimos a pasear en sus motos y nos hicieron temblar del miedo cuando aceleraban. Esta vez no pasamos por las ruinas del Señor de Sipan y su museo, ya habíamos hecho esa parada en nuestra Luna de Miel, pero esta vez conocimos un poco más el centro de Chiclayo y Pimentel, el pueblo costero. Pimentel nos encantó, sacamos muchas fotos al atardecer  y los cuatro volvimos a ser niños jugando con las fotos, las poses y las sombras. Comimos delicias del norte de Perú, porque nuestro anfitrión es el mejor chef de Chiclayo, y está comenzando con su mini empresa, que rescata recetas tradicionales de los nativos de la zona, y tiene un proyecto súper lindo y ambicioso. Nos llenó de pilas y alegría para seguir, Christian es una persona muy perseverante que nos compartió un poquito de su historia y que nos recordó que QUERER ES PODER.

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Pulsar Moto Club
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Christian nuestro gran amigo!

Nos despedimos de los chicos una mañana muy temprano, para salir rumbo a Mancora, desde que salimos, Mancora era el primer destino fijo, era una casa lejos de casa. Cómo no serlo, si Yola nos esperaba ahí, desde el minuto cero, desde antes de comprar el Jeep, y desde antes de darle forma al nuestro sueño.

Ese día atravesamos el largo desierto que se hizo eterno, Javi volvió a ser el ansioso de siempre al volante, y sólo paramos una o dos veces en el camino. El calor empezaba a sentirse mucho, mucho. Hasta que poco a poco la panamericana comenzó a acercarse otra vez al pacífico, y una brisa fresquita entraba por las pequeñas ventanas del jeep. Poco a poco nos acercábamos al “destino”, recordábamos algunas partes del camino, hasta que desde lo alto, comenzamos a bajar entre curvas y contra curvas y el famoso arco de entrada nos recibía con un Bienvenidos a Mancora. Estábamos casi a la mitad del camino, para llegar a México casi necesitamos recorrer una distancia similar a la que existe entre Mendoza y Mancora, desde que salimos de casa, la primera meta fue siempre llegar a lo de Yola.

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Llegamos a Mancora

Al llegar esperábamos una ciudad llena de gente, pero por alguna razón la temporada no llegó con nosotros. Las primeras semanas las dedicamos a descansar, pero poco a poco el dinero desapareció y comenzamos a salir a vender. Por primera vez en todo el viaje, nos tocó separarnos de Pampero para vender, y por primera vez, pasamos días y días sin vender nada. El ánimo poco a poco se bajaba y como para completar un cuadro difícil, nos enfermamos los dos de DENGUE! Estar enfermo en la casa de Yola, es como estarlo en casa, y a pesar de tener dolores de cabeza extremos y mucho ardor en la espalda, la enfermedad pasó, y sólo teníamos sospechas de que se trataba de la picada del famoso mosquito, hasta que al día número siete, nos llenamos de pintas rojas similares a ronchas en todo el cuerpo y estábamos súper colorados pero la picazón es el síntoma final. Por suerte en el medio conocimos a una familia viajera, que se convirtió en nuestra familia y a pesar del poco dinero que teníamos y de lo mala que estaba la temporada, Yola tiene energías como para contagiar a la mitad más uno de los viajeros desanimados y nos inyectó las ganas de seguir, de saber que se puede, de que todo es cuestión de ponerle buena cara a las peores situaciones. Así fue que, poco a poco nos animamos.

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Disfrutando de los ricos desayunos en Casa de Yola
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Las costureras diseñado y cosiendo bolsos
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Mey pintando a Pampero en la barra mural de Casa de Yola

Nuestra nueva familia viajera, es una familia misionera cristiana, viajan, venden artesanías y misionan en la calle. Además de ser excelentes personas, nos llenaros de experiencia, aprendizaje, y muchos e incontables momentos, que sólo podemos describir en fotos, para que ustedes que están del otro lado los puedan entender.

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Festejado el Cumple de Papola
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Cena en familia en Casa de Yola
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Papola, Brida y Mey
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Danusa, Marsius, Mey y Javi
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Mey y Danusa

Ojalá nuestra familia viajera pudiera leer esto, y saber que los QUEREMOS, PENSAMOS Y REZAMOS CADA DÍA DE NUESTRO VIAJE!!

Luego de una linda y larga estadía en Mancora, tocó seguir viaje. Esta vez la despedida con Yola nos costó mucho y fue distinta, antes siempre las dejábamos abiertas, sabiendo que en un tiempo nos veríamos de nuevo, pero las certezas en el viaje casi que no existen, por lo que costó, pero no se pudo evitar. Esta era la primera vez que parábamos tanto tiempo en el viaje, arrancar costó, dejar las comodidades, volver a empezar.

Salimos y a los 14 kilómetros ya habíamos parado, pasamos unos días a disfrutar de la playa en el balneario Punta Sal, habíamos estado ahí en nuestra luna de miel, y teníamos muchas ganas de volver. Estacionamos pegaditos a la playa, o lo más cerca que pudimos y disfrutamos del sol, del mar y de las ballenas. Vimos a una mamá ballena jugar con su cría y nadar frente a nosotros, y otra vez tuvimos que decidir entre disfrutar del momento, o correr a buscar la cámara de fotos, nuevamente elegimos la primer opción.

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“La casa de la amistad”

Vimos atardeceres soñados, conocimos a Jerry que nos prestó el baño y ducha de su hospedaje “La casa de la amistad”, que es un lugar hermoso, con una vista privilegiada a unos atardeceres soñados. Disfrutamos varias veces de las ballenas, del sol que nos recordó que no se puede estar tooodo el día debajo de él, caminamos y vendimos en la playa, conocimos a una familia ecuatoriana muy linda, cocinamos pescaditos que nos regalaron y conocimos a Margot, una abuela que es una genia!!

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Así, Perú se despidió de nosotros, y nosotros nos despedimos con un rico ceviche y un seco de pato. Cuanto nos gusta Perú! Es bueno tener tantos amigos ahí, para siempre tener una excusa para volver!

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Frontera Perú-Ecuador

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