Llegamos a Huacachina después de almuerzo, e inmediatamente montamos el puesto en un boulevard, junto al Jeep. Pasamos casi una semana allí, vendiendo por suerte, y disfrutando de los atardeceres en el desierto. Conocimos a Gino, que al ver a Pampero se acercó de inmediato, para contarnos que hacía unos 15 años, una pareja había pasado en un autito muy antiguo por su casa, cuando él acababa de ser papá. Puso una cara de emoción inolvidable, cuando le contamos que Herman y Cande Zapp eran esa pareja, y que en su libro hablaban de él y de su familia. Llamó al hijo y al sobrino, leyó y releyó esa parte del libro, se lo llevo para compartir con la familia, estaba muy contento. Por suerte la tecnología nos permitió contactarlo con Herman Zapp, y por suerte Gino nos ofreció el baño de su hotel, porque el calor del desierto era insoportable y trepar médanos nos dejaba llenos de arena. Ahí conocimos a la tana y a su hijita de Viandante, que fueron nuestras vecinas esos días y nos dieron el panorama de horarios y días de ventas, y lugares permitidos. Siempre viene bien esa ayuda, cuando uno recién llega a un lugar y no está muy ducho en eso de las ventas.

E Perú
Reserva Paracas, Playa La Mina

Cuando pasó el fin de semana, decidimos ordenar la casa y salir rumbo a Paracas, el calor nos estaba cansando, y teníamos ganas de volver al mar. En medio día llegamos a Paracas, lugares soñados si los hay. Me enamoré de ese lugar cuando viajé a Perú con mis amigas y desde el día que me fui, tuve ganas de volver. Ese mismo día conocimos a los chicos de VeraneioViajante, una pareja brasilera que viaja en una Chevrolet Veraneio, y que iban bajando, por lo que cruzamos algunos datos de lugares para ir y para estacionar. A la mañana siguiente salimos muy temprano para la reserva, supimos que si entrabamos antes de las 8 am no pagábamos entrada, asi es que antes de esa hora ya la estábamos recorriendo. Decidimos quedarnos en la playa La Mina.

Hace muchos años, leí en el libro de “Con un Doce x América” que esa playa estaba llena de ratas, pensé que con el paso del tiempo se habían extinguido, pero contrario a eso, se habían súper reproducido. Cuando bajaba el sol, y se sentían a salvo de los lechuzos, empezaba el desfile, al principio nos resultaba divertido perseguirlas con la luz de la linterna desde arriba del jeep, pero cuando nos íbamos a dormir se vengaban y caminaban por arriba del techo. Nos hicieron pasar dos malas noches, porque teníamos miedo de que una se meta por los múltiples agujeros que tiene el Pampero, y que atacaran nuestra reserva de comida, recientemente adquirida en Ica.

Cuando llegó el fin de semana, volvimos a Paracas y nos quedamos 4 días estacionados en el Malecón, frente al mar. En las mañanas desayunábamos con los pies enterrados en arena, y una mañana en la que contemplábamos las olas, Javi me gritó -¡Mey, delfines! No podíamos creerlo, no sabíamos si mirarlos o salir a buscar la cámara. Nadaron muy cerquita de la costa, a metros de nosotros. Pasamos el resto de los días con la mirada clavada en la costa, pero comenzó el movimiento de turistas, y los delfines no aparecieron. Paracas es otro de los tantos lugares a los que vamos a tener que volver!

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Malecón, frente al mar en Paracas

Las ventas fueron buenas, y los días entretenidos, pudimos hablar con mucha gente y compartir un poco de nuestro sueño. Cuando pasó el fin de semana, no quedó más remedio que irse. Nos confirmaron el alojamiento en Lima, en casa de la amiga de una amiga, y para allá salimos.

El camino hacia Lima, fue entretenido, porque la Panamericana atraviesa otra cantidad de pueblos bien por el medio. Hicimos noche en Chilca, una ciudad famosa por el avistaje de Ovnis, probamos un helado de muchos gustos (frutas que sólo teníamos de nombre) y vimos muchos locales llamados “Marcianos u Ovnis”.

Pasamos una noche tranquila en la plaza y a la mañana siguiente salimos rumbo a Lima. Los nervios eran notables, después de la última mala experiencia en una capital, no queríamos volver a pasar por lo mismo, por lo que nos sirvieron mucho las indicaciones de Yola para llegar a lo de su amiga, avanzando por la vía de evitamiento, que aunque tiene múltiples peajes, es la más ordenada y el tráfico no es tan caótico como en el centro de la ciudad. Así mismo, cruzamos a muchos peruanos suicidas, que por avanzar a cinco autos, ponen en riesgo s vida y la de los demás.

Lima

Cruzamos sin problemas la ciudad, y por fin llegamos al distrito de San Martín de Porres, donde nos esperaba Ana y su familia. Lima, fue una parada técnica, necesitábamos comprar algunas cosas, y teníamos planes de volver a sumar remeras a nuestro stock.

Cuando llegamos a lo de Ana y Gabino, Pampero decidió parar por tiempo indefinido. El burro de arranque se quemó, y nosotros nos re preocupamos, pero Ana con toda tranquilidad nos dijo, el vecino es electricista, no se preocupen. Por suerte Pampero se reveló en el lugar indicado, por lo que ese día nos relajamos y descansamos.

Kelly, Jordan, Ana y Gabino fueron nuestra familia esa semana, incluso extendimos nuestra estadía unos días porque nos encariñamos mucho. Todos los días, salíamos al centro temprano en bus, y logramos hacer todo lo que necesitábamos, invertir en insumos para artesanías, comprar las remeras, estamparlas, averiguar por la carga de gas para nuestra cocina (que no resultó posible en Lima, a pesar de recorrerla toda).

Los días se nos pasaron muy rápido en Lima, pero pudimos salir con mucha inversión y una nueva familia. En este viaje nos tocó conocer la Lima del pueblo, ya que anduvimos por todos lados caminando y no turisteamos como las veces anteriores que la habíamos visitado. Aprovechamos las facilidades de las capitales, y salimos rápido, ya que no estábamos generando ingresos, sino que al contrario, los estábamos gastando. Después de una triste despedida, y un rico desayuno con Ana y Gabino (los chicos estaban en el colegio), salimos a visitar a Jorge, un motero que nos había invitado a su casa, en las afueras de Lima y que estaba con algunos viajeros.

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Junto a la familia de Ana

Cuando llegamos, conocimos el taller Motécnica Ulloa, a varios viajeros, y a una de las personas más lindas del camino: Jorge y su mundo de viajeros, un hombre que abre las puertas de su casa, de su familia, y de su corazón. Pampero se sintió tan a gusto ahí, que volvió a perder combustible por el tanque, por lo que la corta visitó se extendió a cuatro días. Por suerte, y gracias a algunos ángeles del camino, solucionamos el problema y pudimos seguir adelante. Nos despedimos del mundo Ulloa llenos de amigos y con Jorge en el Corazón.

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En casa de Jorge Ulloa junto a los viajeros Diente de León y Francoise

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