Entramos a Perú por el paso que está más cerca de Copacabana, precisamente a unos 4km, nos habían hablado mal del Paso por Desaguadero, y dado que estábamos tan cerca de Perú, decidimos cruzar por Yunguyo. El camino es hermoso, costea al Lago todo el tiempo, los verdes y azules son impecables. Llegamos a Puno con Mati y Meli de Al Infinito en Kombi, y mientras ellos resolvieron algunos pendientes como el SOAT, nosotros recorrimos agencias averiguando el precio para ir a las Islas Flotantes de los Uros. Nos despedimos de los chicos esperanzados en volver a encontrarnos en algún rincón de Perú, y seguimos buscando precios.

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Realizando los tramites en la frontera

Después de ver todas las ofertas que tenían las agencias, fuimos a buscar el tour por nuestra cuenta, pero con toda la información que te brindan cuando quieren convencerte de que compres.

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Islas Flotantes de los Uros

Caminamos por el Malecón, por los mercados, por un supermercado, miramos precios y nos amigamos con la nueva moneda. Recorrimos todos los lugares gratuitos del centro, esperando el fin de semana. El sábado, nos estacionamos en la Costanera, con ganas de vender tanto como en Copacabana, pero no tuvimos el mismo éxito. Sólo recibimos una invitación a Ilo, de parte de un curioso que llegó, que nos habló de sus maravillosos autos, y de su negocio, el narcotráfico. Ilo no estaba en nuestros planes, por lo que no pudimos aceptar la invitación. Después de hablar un poco de la situación política de Argentina, de la que él estaba muy al tanto, nos contó de los lugares en los que estuvo preso en nuestro país, pagando su condena mientras cubría a los peces más gordos. Si nos decía la verdad, o no, nunca lo sabremos, pero el viaje tiene eso de acercarte a  personas y a historias que nunca imaginaste conocer.

Pasamos todo el día ahí, junto a una feria, y no tuvimos suerte. Puno es tan gris como nos habían contado, por lo que después de sacar nuestro SOAT (seguro obligatorio para circular con el vehículo) nos fuimos de la gran ciudad. Durante esos días, nuestra casa fue la estación de servicio o grifo Cardrimax, donde podíamos quedarnos, gracias a que el dueño nos autorizó.

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Mirando desde lo alto…

Seguimos las indicaciones de un taxista, y nos fuimos por un camino alternativo para evitar dos peajes, y para ahorrar un par de kilómetros. Rompimos nuestra promesa con Pampero, y volvimos a meterlo por caminos de tierra, cruzamos un par de ríos, manejamos por un camino soñado, pueblos mineros perdidos en la montaña, y ascendimos hasta los 4413 msnm, muy contentos festejamos, pensando que no se podía subir más, pero nos equivocamos considerablemente. En el camino tuvimos granizo, y una gran nevada, y superamos los 5000 msnm y seguimos subiendo!!

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Nieve, altura, volcanes, Pampero y Mey

Y por fin comenzamos a bajar, porque el combustible escaseaba. Poco a poco empezamos a ver el Valle del Colca, y entendimos por qué los condores y los Colcas lo habían elegido para vivir. Gradas y gradas llenas de siembra, verdes, amarillas, doradas, rojas. Abajo, bien abajo, la plaza de Armas de Chivay, un camino en descenso muy pronunciado y nosotros felices y agradecidos de tener que bajar eso y no subirlo.

Llegamos al Pueblo, estacionamos en la plaza, y fuimos a la comisaría a preguntar por la seguridad del lugar, nos dijeron que estacionemos frente a ellos, y que durmiéramos tranquilos.

Nuestra estadía en Chivay se extendió un poco más de lo que imaginábamos, conocimos a un gran amigo, Renzo, que nos dio un trabajito, que nos permitió no gastar nuestros ahorros esos días, ya que las ventas de artesanías fueron muy bajas. De todas maneras, disfrutamos de una semana, compartiendo con Renzo y Diego, que se hicieron grandes amigos, y compartimos muchos almuerzos, cenas y Javi compartió unas que otras copas de más.

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Escalinatas en Chivay

Subimos a la Chulpa del pueblo, recorrimos muchas veces la peatonal, conocimos mucho de la cultura de la gente, nos hicimos amigos de la señora de los tallarines del mercado, admiramos la fuerza de voluntad de la señora del pan, que cada día llegaba a las 5:30 am y se iba después de las 11 pm. Hablamos del amor y la autoestima con Nancy, que nos aumentaba la ración de comida para que no nos vayamos y la conversación no se terminara,  probamos carne de llama y alpaca, rabeamos con el internet, y muchas cosas más.

Nos fuimos ansiosos, pero contentos, porque ese pueblito tan tranquilo, nos dio amigos y rutina, nos prestó su plaza para vivir, y nos hizo madurar un poco más, la idea de vivir viajando.

Después de salir de ahí, estábamos felices, porque nos quedaba todo el valle por delante, fuimos a unas aguas termales, por recomendación de Diego. Si bien todo el valle tiene termas, éstas son naturales y gratuitas, usadas por el pueblo cada día para cuando terminan de trabajar. En Perú, el agua caliente en las duchas no es muy común, aún en los lugares más fríos, por lo que esta gente, acostumbrada al regalo que les dio la naturaleza, aprovecha el agua termal para lavar su ropa, su pelo y relajar el cuerpo después de las largas jornadas laborales en el campo.

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Disfrutando de las aguas termales junto al río

Pasamos nuestros días estacionados junto a un hotel maravilloso, caminando por el río, descubriendo nuevas piletas de agua, y esperando que la luna alumbre el margen del río para bajar a bañarnos. La luna inmensa nos iluminaba, y nosotros empezábamos a entender que el viaje tiene esas cosas maravillosas de hacerte ver estos regalos de Dios, en medio de lugares soñados, donde un lunes o martes pueden ser buenos para estar sumergidos en agua caliente, mirando las estrellas y pensando que el hotel de al lado era grandioso y que es genial que mucha gente pague 800 dólares la noche, pero que era más importante para nosotros estar ahí con Pampero y que no cambiaríamos esa realidad por nada del mundo.

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Mey y el sembradío de trigo

Cuando nuestras provisiones se terminaron, usamos el último recurso de preparar Sopaipillas (tortas fritas) y cocinamos con un mucho frío, todos mojados a las 12 de la noche. Eso terminó de convencernos que teníamos que salir de ahí, para ir a ver los cóndores, para eso estábamos ahí!! Pero el cañón resultó ser más hermoso de lo que imaginábamos y todo ahí era increíble. Al salir pasamos por dos pueblitos muy quedados en el tiempo, deseamos que se conserven por siempre así, tranquilos, con su plaza principal en desnivel, con su iglesia iluminada por velas. Paramos para rezar, pero sobre todo para agradecer y continuamos. Un camino en pésimo estado nos llevó a las ruinas de Uyo Uyo, donde un moderno centro de interpretación promete mostrar algo más que ruinas reconstruidas.

La historia es más rica que las ruinas en sí, pudimos ver una ligera modificación en las construcciones, las antiguas de los colcas eran más rusticas que las últimas ya influenciadas por los incas, pero por desgracia el estado del complejo es malo, porque sufrió el primer deterioro con la colonización,  y el segundo con la destrucción de los herederos de las tierras. Los españoles para someterlos, obligaron a los colcas a salir de ahí, y a mudarse a un nuevo pueblo, situado al otro lado del cañón, formado alrededor de una iglesia, por lo que incendiaron todos los techos de paja para dejar el sitio deshabitado. Años después, esas tierras seguían produciendo maíz y quinua, por lo que la  segunda destrucción se dio en manos de los nietos de los antiguos dueños de las tierras, que en pos de producir más y aumentar su capital, comenzaron a derribar muros y a usar las casas como campos de siembra,  haciendo desaparecer varios de los sitios importantes del poblado.

Después de recorrer el antiguo Uyo-Uyo, apreciar como bajaban agua de los volcanes nevados, ver sus canales de conducción de agua y no creer la perfección con la que aún funcionan, nos fuimos por el medio de los sembradíos hasta encontrarnos de nuevo con Pampero que aguardaba en el estacionamiento. Continuamos camino a Yanque, atravesamos nuevamente el cañón, descendiendo hasta casi en nivel del río, y subiendo súbitamente en un corto trecho al margen derecho. Al llegar al pueblo, estacionamos frente a la plaza principal, para pasar la noche, y a las 9 de la noche comenzamos a escuchar una convocatoria por alto parlante a una reunión en la municipalidad. Lo que nos pareció asombroso, la tranquilidad del lugar es tal, que no es necesario acordar una reunión semanas antes, no hay agendas apretadas, todos pueden organizarse y en media hora dar el presente en la municipalidad. Nos fuimos a dormir luego de cenar sanguches de  tomate y palta.

 A la mañana siguiente, muy temprano nos despertó la “Danza del Wititi”. Cada día a las 7 de la mañana los niños del pueblo se reúnen a bailar esa ancestral danza, nombrada por la Unesco Maravilla cultural del mundo. Los niños juegan a bailar desde las seis de la mañana, y la plaza tranquila se súper puebla de vendedores ambulantes, llamas, sombreros, pájaros domesticados para la foto, y muchos pero muchos turistas que pasan por allí, a comprar, conocer la iglesia, ver la danza y dejar unas monedas a los bailarines. Antes de las 7:30, la plaza queda nuevamente desierta, los niños van al colegio, las vendedoras se transforman en mamás, los turistas suben a sus transfer para ir al encuentro de los cóndores y nosotros nos quedamos disfrutando de la belleza del lugar de día y caminando sus callecitas empinadas.

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Plaza de Yanque

Compramos provisiones y seguimos recorriendo el Valle. Cruzamos por los pueblos de Achoma, Maca, Pinchollo y llegamos a almorzar al mirador de la Cruz del Cura. Eran casi las tres de la tarde, por lo que no teníamos esperanza de ver cóndores, pero cerca de las seis, cuando vuelven a dormir, vimos cuatro pasar y planear sobre los miradores, corrimos y corrimos de un mirador a otro para poder verlos mejor y cuando el frío comenzó a apretar, avanzamos hasta el famoso mirador de la “Cruz del Cóndor” para pasar la noche ahí y esperar a los cóndores. Las estrellas estaban imponentes, era una noche fría pero muy linda. Cocinamos adentro, jugamos con una aplicación que Javi había descargado para descubrir las constelaciones y estrellas y nos fuimos a dormir muy temprano.

A la mañana siguiente, ya estábamos listos para ver el Show de los Cóndores, y éramos los primeros ahí, pero poco a poco los turistas colmaron los miradores, y súper cámaras de fotos nos rodearon. Esperamos, esperamos… y las estrellas del día comenzaron a aparecer y volar, y todos, absolutamente, todos quedamos boquiabiertos, tan grandes y tan cerca. Sacamos miles de fotos, y nos quedamos sin hablar durante un largo rato. Contamos 13 cóndores al mismo tiempo, y vimos como de a poco comenzaban a alejarse y perderse atrás de los volcanes, y nosotros comenzamos a caminar hacia el jeep, que estaba siendo fotografiado por gente de todo el mundo. Muchas veces, cuando eso pasa, pensamos en la cantidad de lugares a la que habrá llegado su foto.

Pareja de cóndores sobrevolando..

Salimos de ahí muy contentos, porque empezábamos a disminuir los m.s.n.m  y porque aún no podíamos creer lo que habíamos visto.

Pasamos por Cabanaconde, buscando combustible, pero no conseguimos, por lo que nuestras esperanzas estaban puestas en el próximo pueblo “Huambo”. Leímos en mapas que estábamos a 3400 m.s.n.m y Huambo a 2900, por lo que inocentemente dimos por hecho que el camino restante iba a ser de bajada, y el combustible no tenía que ser una complicación. Subimos, subimos y subimos, y cuando empezábamos a asustarnos, allá abajo, se veía el pueblo. La bajada fue muy pronunciada, y por suerte llegamos a la plaza principal. Comenzamos la búsqueda del tesoro, hasta que dimos con la casa de una señora que tenía gasolina en bidones y que nos cobró dos veces más de lo que lo habíamos pagado en Chivay, pero era eso o nada. Pagamos y consultamos a todo el mundo si ahora el camino por fin comenzaba a descender. Todos dijeron que si, pero como no queríamos mas decepciones, empezamos a pedir muchos detalles del tramo final. No podíamos quedarnos en el medio de ese camino, ya que es muy poco transitado, carretera afirmada (tierra) y en muy mal estado, pero con un paisaje muy prometedor, por lo que decidimos correr el riesgo. El placero del pueblo fue bien claro con sus indicaciones y nos dijo la cantidad de kilómetros de subida que nos quedaban, y cuando se ponía planito, planito.

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Camino a Alto Majes, Laguna colorada

Salimos algo confiados, con las exactas indicaciones, yo iba con el GPS contando los kilómetros, y Javi muy concentrado en los pozos del camino. Subimos mucho,  bajamos con el motor apagado más de 120 kilómetros, sin gastar una gota de nafta, porque en las subidas (que fueron muchas) a la salida de Huambo se consumió casi todo lo que acabábamos de cargar. Por momentos estuvimos muy nerviosos, estábamos a mucha altura, hacía frío y no podíamos quedarnos ahí en la noche, o hasta que pasara alguien, que era muy poco probable, porque casi todas las casas del camino estaban deshabitadas. Por suerte las bajadas se hicieron esperar, pero llegaron con todo, para darnos envión y llegar a Alto Majes, a la primera gasolinera. Cargamos combustible, nuevamente especulando cantidades, porque sabíamos que al llegar a la costa el valor iba a ser más bajo, y nos encontramos con la Panamericana por primera vez en el viaje. Una ruta muy transitada y de muchas bajadas nos llevaba directo al pacífico, que ganas de llegar que teníamos!! Pero se hizo de noche, y decidimos dormir en el peaje de acceso a Arequipa, ya sentíamos olor a mar, ya nos daba calor. Esa noche jugamos a las cartas hasta tarde, con la compuerta trasera abierta. El clima cálido ha sido sin dudas un antes y un después en nuestro viaje.

 

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