Ecuador: Pasaje y Cuenca

Entramos por la frontera de Tumbes-Huaquillas, tuvimos una larga espera, porque entramos justo cuando estaba terminando un fin de semana largo, por lo que muchos ecuatorianos volvían a su país. Llegamos a la ventanilla de migraciones, Javi selló su pasaporte y cuando fue mi turno, me negaron la entrada por haber sido DEPORTADA. En ese momento no entendimos nada, Javi se puso algo nervioso, por lo que le pedí a la empleada que por favor, intentara ingresar nuevamente los datos porque seguramente eso era un error, a lo que me respondió devolviéndome el pasaporte de mal modo. Le dije muy tranquila, que eso no era posible, que si por favor podía brindarme más información,a lo que me respondió que la fecha que figuraba era del 2006, le expliqué que posteriormente había tenido dos entradas a Ecuador, que para esa fecha era menor de edad, y después de rogarle, volvió a intentar ingresar los datos, esta vez con el número de pasaporte, a lo que me respondió muy fresca, usted tiene un homónimo!! (Nombres que se escriben exactamente iguales). En ese momento se invirtieron las papeles, ella se puso muy nerviosa y a mí me volvió el alma al cuerpo, pero tratamos de fingir que nada había pasado, y con un bienvenidos a Ecuador, estábamos oficialmente en ese país!!

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Estábamos en un país nuevo, con mucha inversión en hilos y algunas piedras, habíamos aprendido muchas cosas, teníamos muchas ganas de trabajar, pero no teníamos dinero!! Decidimos avanzar hasta que el combustible se agotara, y que eso indicara la parada a trabajar. Por suerte esto pasó en un pueblito de Ecuador tan lindo como Pasaje, gracias a eso, conocimos a mucha gente linda y tuvimos una familia ecuatoriana “Traviesín, Diana y sus niños”, que nos vieron en un parque, cuando estábamos a punto de irnos a dormir, y nos invitaron a su casa. Extendimos la estadía en Pasaje, por la comodidad que da tener un baño, una ducha y una familia, que tan bien vienen cuando uno está lejos de casa.

Nuestro paso por ese pueblo pasó rápido, entre notas en la tele, asados en el río, días de venta en la ciudad, largas noches de mates, comidas ricas que preparó Diana, hasta Kelvin, nos invitó a almorzar un típico almuerzo ecuatoriano.

Cuando reunimos el dinero para avanzar, salimos rumbo a Cuenca, a disfrutar de unos días de montaña. Hicimos noche en Girón, un pueblo muy lindo, ordenado, que tiene el mérito de ser el pueblo más amable de Ecuador. Encontramos a medio pueblo jugando y admirando un partido de volley, fue muy raro sólo ver canchas con redes y nada de arcos de futbol, pero se divertían y lo pasaban muy bien todos, tanto jugadores como observadores.

Cuenca, El Paraíso

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Al día siguiente apuntamos para Cuenca, luego de una caminata por Girón. Nos pareció tan linda como nos habían contado, llegamos a estacionar al Parque Paraíso, lugar que nos habían marcado unos amigos que nos llevan delantera, y descubrimos que era tierra de viajeros. Conocimos a Seba y Ludmila de Andando Somos, que llevaban unos días en la ciudad, preparando todo para su obra de teatro, y unas horas más tarde llegaron los chicos de Vino en Kombi, unos mendocinos que salieron de viaje casi un año antes que nosotros. Pasamos lindos, frescos y tranquilos días, nosotros aprovechamos mucho la compañía viajera.

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Si bien Cuenca es una ciudad hermosa, no la recorrimos tanto como merecía. Nos llevamos hermosos recuerdos de los vecinos de la ciudad, todos se portaron como excelentes anfitriones, educados y preocupados porque nos llevemos una buena imagen del lugar, siempre atentos a las necesidades que teníamos. Un día normal, estábamos todos sentados a la sombra haciendo artesanías, cuando pasó un cuencano a hacer deporte, y nos dio de la nada 20 dólares, para que ese día comamos bien, nos llevaron bizcochos para el desayuno muy temprano a la mañana, y una vez Miguel, que siempre pasaba por allí a saludar, nos llevó una piza y se quedó a comer con nosotros. Así, recolectamos muchas historias lindas, de gente que se acercó a brindarnos su compañía y su tiempo.
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Nos fuimos de Cuenca por una única razón, la promesa de un trabajo fijo en Mindo, cerca de Quito. Muy tristes porque las cenas y almuerzos viajeros se extrañan, porque nos hicimos muy amigos de Seba y Lu, porque las tardes de artesanías con Eli se disfrutaban. Pero ese trabajo, era nuestra posibilidad de comenzar a ahorrar algo de dinero para nuestro cruce a Panamá, y oportunidades como esas no se pueden desaprovechar.

Salimos un lunes por la mañana, pasamos por el Parque Nacional Cajas, que nos pareció frío, pero hermoso. Se puede decir que casi frío, porque Pampero con sus elevadas temperaturas nos mantuvo muy calentitos adentro. Cruzamos por segunda vez Los Andes en Ecuador, y casi sin darnos cuenta descendimos al nivel del mar nuevamente, en un abrir y cerrar de ojos Guayaquil nos regalaba todo su calor. La humedad se hizo sentir durante toda la noche, pero ni bien amaneció, estábamos en ruta, para reencontrarnos con el pacífico, esta vez en Manta, donde pasamos una agradable y fresca noche estacionados lo más cerca del mar que se pudo. Al día siguiente, queríamos conocer la Bahía de Cararquez, para llegar a ese sitio, cortando un poco de camino, entramos por huellas llenas de siembra y plátanos, muy angostas y húmedas, cruzamos canales de riego y vimos a muchas familias trabajando juntas.

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Poco a poco comenzamos a acercarnos a Bahía, cruzamos un extenso puente junto a manglares y avanzamos hasta Canoas, un pequeño pueblito costero de Ecuador, que vive de la pesca y del turismo. De esos pueblitos en los que te hospedas frente al mar, y cuando cruzas la puerta de salida, ya tenes los pies en arena, esos que no se dejan seducir por costaneras asfaltadas y falsos muros de contención que pretenden algún día frenar al mar.
Caminamos por la playa, juntamos algunos caracoles, probamos un delicioso helado de coco y partimos hacia Pedernales.
Al salir de Bahía, una familia nos había parado en la calle, porque leyó uno de nuestros carteles, inicialmente iban a ayudarnos con gasolina, pero cuando se enteraron de que pasaríamos por Pedernales, nos invitaron una noche a su hotel. Lo que nos vino más que bien, porque llevábamos dos días viajando, y dormir en una cama normal con aire acondicionado, era lo mejor que nos podía pasar en medio de ese calor costero. Así fue, que terminamos la noche, conversando con esta linda familia, caminando por la costanera y duchándonos. Esas son cosas que se dan en el camino, que son tan casuales que nosotros no podemos dejar de entenderlas como regalos de Dios. Partimos a la mañana siguiente, a enfrentarnos a los últimos kilómetros antes de llegar a la incertidumbre que era Mindo para nosotros. Paramos a almorzar en Puerto Quito, junto a un río enorme, y tal como habíamos quedado con Camilo, a las 15:45 Pampero nos dejaba estacionados en la puerta de Mindo Pura Vida, rodeados de palmeras, mucho verde, una lluvia muy finita, y muchos perros recibiéndonos. Como a las dos horas, llego Camilo con su esposa Verónica, y pudimos charlar un poco de lo que se trataba el trabajo y otro poco de nuestro viaje.
Así fue que después de un fin de semana de intenso trabajo, quedamos contratados para el resto de nuestra estadía en Ecuador. De ese modo nos sentíamos dentro del juego, más cerca de Panamá.

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También aprovechamos para descansar de la vida viajera en nuestra cabañita, cocinar mucho y recibir visitas. Lo que no hicimos en Mindo!! Fuimos jardineros, caseros, cocineros, guías de excursión, armamos camas, limpiamos baños, bañamos perros, lijamos días y días, pintamos mesas, escaleras y paredes, entre un millón de cosas más. Durante el tiempo sedentarios, aprovechamos para conocer Quito y la Mitad del Mundo, visitamos una fábrica de Chocolate, aprendimos un poco del proceso y los tipos de cacao. Nos visitaron Seba y Ludmi, con los que nos divertimos mucho y además de trabajar, nos pusimos al día con la cocina, compartimos alfajores de maicena, pizas, fideos caseros, bizcochuelos, tortas de plátano, etcétera, etcétera, etcétera…

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No podemos quejarnos de esos días, gracias a que los chicos se hicieron un viajecito hasta Mindo para vernos, lo que fue genial, porque los extrañábamos y porque en esas dos semanas terminamos de confirmar que van a ser los tíos porteños de nuestros futuros hijos. Obvio que la despedida fue muy triste y con lágrimas, porque los cuatro resultamos súper blanditos, pero nos despedimos esperanzados en que el viaje nos volverá a cruzar, y de no ser así, la vida lo hará.
Los días compartidos con los chicos nos ayudaron a que el tiempo pase más rápido, porque la soledad del lugar donde estábamos comenzó a tenernos inquietos el último tiempo, por suerte esos dos meses pasaron y volvimos a las rutas!

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Salimos de Mindo y nos fuimos por un camino interno que nos habían recomendado amantes del motocross y el 4×4. Pampero volvió a sus caminos preferidos llevándonos por paisajes impagables, por pueblitos perdidos en el medio de las sierras ecuatorianas, cruzamos ríos y plantaciones de plátano y aloe vera, extensos puentes y reservas de aves. Poco a poco nos acercamos a Otavalo, para retomar la ruta normal, que luego de pasar por la Laguna de Yahuaracocha nos llevó a Tulcán, ciudad fronteriza de Ecuador. Iniciamos los trámites de salida, hablamos con algunas personas en la frontera, y desde lejos veíamos a Colombia, con mucha ansiedad y emoción.

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