Inicia la historia del país que nos enamoro: Colombia

Comenzar a escribir de Colombia, cinco meses después de haber entrado, es reconfortante. Poder recordar cada persona, cada amistad, cada familia que dejamos allí, lo hace a uno vivir de nuevo esos días felices, y recordar las nostálgicas despedidas. Es que Colombia nos ha tratado tan bien, que podríamos volver mil veces.

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Frontera Colombia
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Pampero disfrutando de su nuevo logro

Entramos y fuimos a Ipiales, recorrimos la ciudad fronteriza de la que nos habían hablado un poco mal, pero que a nosotros nos gustó mucho. Para ser ciudad frontera nos pareció bastante organizada y muy limpia. Hicimos unas pocas compras de provisiones y nos fuimos al Santuario Las Lajas, que además de ser una construcción magnífica, está en un lugar soñado, estar ahí, para nosotros era increíble, vimos esa postal tantas veces que estar parados frente a esa iglesia era algo de no creer. El verde, el río, una cascada y la cúpula, te reciben cuando comienzas a bajar para conocerla. La arquitectura neogótica, los rosetones, los arbotantes y contrafuerte, todos adornados, todo absolutamente todo pensado, y cuando llegas casi al frente, un cartel del arquitecto que te advierte “Si buscas el monumento, mira en tu derredor”

La naturaleza magnifica, el verdadero monumento.

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Santuario Las Lajas – Pasto
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Santuario Las Lajas – Pasto
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Santuario Las Lajas – Pasto

Estuvimos en  Las Lajas unos días disfrutando de la tranquilidad del lugar, descansando y volviendo a ser viajeros, charlamos mucho, comimos fresas con los vecinos y dormimos hasta muy tarde.

La tranquilidad de las lajas se disfrutó, pero cuando nos aburrió decidimos movernos y salimos a conocer Potosí, Colombia, un pequeño pueblito a unos 4 km de Las Lajas.

Potosí nos enamoró, su gente, su parque, sus niños disfrutándolo, nos hicimos muchos amigos. Jacinto, Toño, Janeth, Oscar y Adrián.

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Potosí – Pasto

Compartimos mucho del viaje, miramos las fotos y relatamos la misma historia una y otra vez. Esta era la Colombia de  la que nos habían hablado y de la que nos empezábamos a enamorar en una semana.

En Potosí nos fue muy bien, además de vender mucho, probamos la cuajada con panela, la famosa agua panelita colombiana, podíamos pasar horas y horas escuchando a los colombianos hablar, así como nos tocaba nuestro turno de hablar mil horas para que ellos se deleitaron con nuestro acento, era recíproco. Dejamos Potosí súper motivados y felices.

Nos fuimos rumbo a Cumbal, porque Oscar, un amigo nos había invitado a su pueblo y nos mandó unas fotos hermosas del volcán, a las que no nos pudimos  resistir. El camino que nos llevó a Cumbal, se  metió entre campos verdes, curvas y contra curvas leves serpenteaban al límite con Ecuador acercándose y alejándose hasta que llegamos a Cumbal un pueblito pequeño y tranquilo con una iglesia hermosa que de fondo tiene la inmejorable vista del volcán nevado Cumbal, volcán que se deja ver muy poco y nos tuvo toda la semana pendientes.

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Parque Central y el volcan Cumbal de fondo

Ahí también trabajamos muy bien y hablamos con muchos curiosos que no paraban de preguntar ¿En este carrito?  ¿Y hasta México? El finde pasó muy rápido entre charlas y mucha comida, porque todos nos invitaban algo para comer. Entrada la noche, llegaron Oscar y su mujer y nos invitaron a su casa, aceptamos la invitación con gusto y la estadía que sólo iba a durar un día, terminó extendiéndose por una semana.

Con Charo y Óscar Felipe almorzábamos todos los días cuando ellos volvían de la escuela y por las tardes, paseábamos, charlábamos y por las noches jugábamos al UNO.

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La despedida de Cumbal Charo, Oscar Felipe y Milu

Fuimos a la novena del grupo de amigos de la familia y vivimos una previa de navidad distinta. Los adornos de las luces navideñas invaden a Colombia al finalizar el día de muertos. Todas las casas iluminan las calles de los barrios y se transforman en hermosas galerías, y todos se sienten muy orgullosos de la decoración de cada casa, que preparan con toda la familia y con mucho amor. Nosotros armamos el pesebre con Charo y Óscar Felipe, un súper pesebre, con pueblo, calles, nacimiento, laguna y muchos muchos animales.

Charo nos llevó a visitar las aguas termales que están al pie del Volcán Chiles, el volcán no se dejó ver porque llovía intensamente, pero aun así disfrutamos mucho del agua calentita y natural que subía de las entrañas del volcán.

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Aguas termales junto al Volcan Chiles

Pero como todo lo bueno tiene un final, nos tocó despedirnos del bello y amigable Cumbal, con lágrimas de por medio, porque de verdad nos encariñamos mucho con Charo, Óscar Felipe y Milu su perrita.

Salimos un día de semana muy tempranito rumbo a Túquerres, el plan era visitar la Laguna Verde, que está en el cráter del volcán El Azufral. Otro  camino hermoso, verde y con mucho ganado. Al llegar a Túquerres, dejamos el asfalto para tomar por una trocha muy angosta, llena de campos de siembra y casitas coloridas, empezamos a subir poco a poco y cuando quisimos acordar ya estábamos muy alto y Pampero un poco apunado, por lo que después de un par de peripecias para subir, decidimos estacionarlo, para no hacerlo sufrir y seguir caminando.

Llegamos al puesto de control del guardaparques, compramos agua, nos abrigamos y comenzamos a subir siguiendo las indicaciones de la caminata, que es dos horas y media aproximadamente. En un momento, la cuesta se pone muy dura cuando se atraviesa un lugarcito llamado cuesta de los vientos, donde siempre llueve y en ocasiones hay aguanieve, el viento en contra para el que va de subida hace que el frío se sienta mucho porque el viento es intenso en todo el tramo.

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Llegando al crater del Volcan El Azufral

Por momentos parecía que no llegábamos más, como el día estaba muy nublado y la niebla muy espesa sólo podíamos ver cinco o diez metros más adelante, por lo que con cada paso que dábamos temíamos que la laguna no se dejara ver. Hasta que por fin llegamos a la entrada del sendero que llevaba al cráter, hasta el momento sólo habíamos caminado para llegar a la cima del volcán y comenzamos a bajar. El camino era muy pronunciado y estaba muy mojado y resbaladizo y en ese momento la decepción de no poder ver nada era cada vez más grande, porque leíamos los carteles que referenciaban a dos lagunas anteriores y sólo veíamos una espesa capa de niebla.

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Fumarolas del volcan

Llegamos a la  Laguna Negra, y por allá algo alcanzamos a ver, muy muy abajo, pero seguimos bajando. Javi paró a sacar la cámara de fotos y comenzó a filmar justo en el momento en que el sol alumbró con todo y se llevó toda la niebla y por fin se dejó ver la Laguna Verde, tan hermosa que nos quedamos sin palabras. El blanco del azufre y el celeste del agua que emergía la hicieron ver de un color turquesa increíble. Pudimos apreciar algunos rastros de la última erupción del volcán, a un costado del cráter, del otro lado, fumarolas de humo blanco que liberan la presión del Azufral y nos hacen sentir más tranquilos a nosotros y a todos los que estamos mirando el espectáculo. Cada kilómetro caminado valió la pena, por esos segundos en los que el sol dejó ver el esplendor de la laguna. ¿Que si nos gustó? Nos enamoramos de ese lugar y nos olvidamos del frío por un buen rato.

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Laguna Verde, crater del volcan

Cuando emprendimos el regreso, ya con sol pudimos observar el paisaje desde arriba. La inmensa cordillera desde ese sitio justo donde Los Andes se dividen en tres: occidental oriental y central. Cordilleras que más tarde nos harían renegar en la difícil Colombia.

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